Sigur Rós en México: La brutalidad cargada de belleza

     
      En el ya lejano 2008, el sorprendente cartel del Festival Colmena anunciaba a su headliner: Sigur Rós. Ya en Tepoztlán, de la incredulidad de tener enfrente a la banda islandesa, se pasó a la decepción en tan solo 3 o 4 canciones. Orry Páll, el baterista; presentó problemas físicos, los cuales hicieron que el concierto fuera, aunque mágico,  muy breve  y algo improvisado. Desde entonces  la banda, pero principalmente Orry, me quedaron a deber algo. Cuando se anunció que en abril del 2017 estarían nuevamente en México, sabía que sería el momento exacto de pagar esa deuda.

Los boletos para la primera fecha, del lunes 3 de abril, se terminaron tan solo hacer el anuncio que estaban ya a la venta. Aunque se esperaba lo mismo para el segundo concierto el martes 4; la verdad es que 15 minutos antes de iniciar el concierto se veía un Auditorio Nacional con más asientos vacíos que asistentes. Ya dentro del recinto había una extraña neblina que cubría el escenario, como si nos quisieran transportar a una madrugada en la gélida Reykjavík  a la espera del amanecer.  De repente las luces se apagaron. No había vuelta atrás, no había llegado el amanecer, había llegado Sigur Rós. De izquierda a derecha viendo hacia el escenario: Goggi, Jonsí y Orry, apenas visibles  y sin dirigirse al público iniciaron un viaje que tal vez buscaba la luz, pero el camino estaba lleno de melancolía y añoranza.

Sigur Rós ya no cuenta con un grupo de músicos detrás de ellos. No hay hadas nórdicas tocando las flautas y los violines. Solo son ellos tres, directos, sin concesiones. Posiblemente perdieron un poco de la calidez de algunas piezas donde el acompañamiento de esos instrumentos era la clave de la canción, pero ganaron en coraje, en emotividad y fuerza. Ya no suenan tan orgánicos, ahora suenan brutales, una brutalidad cargada de belleza.

La primer parte del concierto, fue obscura, Jonsí no abre la boca ni para un tímido “thank you”, solo lo hace para sacar lamentos, el agónico canto de los delfines que ha sido el sello de la banda. El público, sentado, sin tener reacción más allá del aplauso  contempla atónito la fuerza y coraje con la que el vocalista destruye poco a poco su arco de violín rasgando la guitarra. Y esa batería; ¡esa batería! Orry, tu cuenta está más que saldada.

Después de un intermedio de varios minutos, regresan. Esta vez podemos contemplarlos mejor. Hay más luces. Hay esperanza. Las canciones de esa obra de arte que  todos conocemos como el disco del  ( )  (que en realidad no tiene nombre) son la base principal de este setlist. Sin embargo, cada canción tiene un alma propia, un momento que  explota en las bocinas y en la mente del público. Se ve gente llorar, se escuchan gritos. De repente todo el Auditorio está de pie. El final de acerca. Jonsí lo sabe y avanza un poco hacía las primeras filas. Las sensaciones son tan eclécticas que posiblemente nadie recordará exactamente todo lo que sintió en esas casi dos horas  que duró el concierto. La batería de Orry  queda en silencio. Los demás instrumentos hacen lo mismo. Solo se escucha a la multitud aclamando a esos 3 islandeses que han venido a masacrar todas sus emociones. Salen al escenario; abrazados se inclinan ante la gente. El viaje ha terminado.

Es difícil ver a un público cansado después de un concierto que los mantuvo la mayoría de tiempo sentados en su butaca… Pero el público de Sigur Rós termina el concierto agotado. Con los ojos rojos, aún con lágrimas y la mano en el corazón, tratan de explicar lo que acaban de vivir. Nadie atina a decirlo con certeza.




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